Opinión

Memoria fresca

A decir verdad, cuando escuché por primera vez el nombre, me sonó hasta romántico.

Fue en una charla informal, donde me deslizaron el nombre:

Algodón de luna.

Parecía un murmullo, acompañado melódicamente, para una canción.

Quizá título de un poema de Pablo Neruda o Jorge Luís Borges.

Llevado por la curiosidad, más que por el interés periodístico, pedí al interlocutor explicara qué era.

Investigue, dijo. Nada más no se vaya a espantar de todo lo que hay detrás. Ni vaya a intimidarse por lo que encuentre.

Esto último dio origen a la búsqueda de información para salir de la duda que movió la indagatoria.

Lo primero era viajar a la Comarca Lagunera. Concretamente a Torreón, Coahuila, para enfrentarse a la realidad. Era el final de los años 70.

La zona, junto con el estado de Tamaulipas, era el corazón de una producción algodonera que situaba a México como uno de los países más importantes en la generación de ese cultivo.

Hospedado en el Hotel Nazas, se comenzaron a mover los hilos para establecer un acercamiento con los contactos recomendados.

Conforme iban apareciendo los testimonios  y la averiguación avanzaba, la sorpresa era mayor hasta alcanzar niveles sorprendentes.

El algodón es uno de los cultivos más antiguos, más nobles y más importantes que se conocen. Sin contar que es uno de los más antiguos. Fue en la India donde por primera vez se escribió sobre esta planta, alrededor de 1000 años A.C.

Es, también, uno de los cultivos que más necesita del agua, después del trigo y el arroz, siendo preciso usar casi 10000 litros para cosechar un kilo. El riego dura 120 días, luego pasa por un período de sequía hasta que se abre la cápsula.

Antes de ilustrar cómo se cultiva el algodón mexicano hay que aclarar que existen muchas especies, pero no todas se comercializan. En Centro y Sudamérica hay más de 18 especies y en México, de esas 18 especies, se consiguen 14.

Los países que más lo producen en el mundo son India, EE. UU., Brasil, Australia y Turquía. Requiere que los climas sean cálidos porque germina por encima de los 14°C, siendo 20°C la temperatura ideal, y cercana a los 30°C para florear.

México era el tercer lugar, en orden de importancia más idónea para la siembra de algodón en el mundo.

Es necesario tener presente esas condiciones que hacen que la planta transpire a través de las hojas, por lo que la demanda de agua es considerable. Donde se siembre, las precipitaciones deben andar por los 1300 mm y una altura sobre el nivel del mar no mayor a 500 m.

Dependiendo de la zona de México donde se cultive, se siembra entre febrero y abril en el norte. Entre noviembre y diciembre en la región de Sinaloa, y hacia el mes de julio en la zona sur del país.

En esas circunstancias los botones aparecen a la quinta semana de haberse sembrado, surgiendo el cáliz que lleva en su interior cinco pétalos. Las flores son blancas con un tono amarillento, abriéndose por la mañana y marchitándose ya en la tarde.

Normalmente se abren cuatro flores por día, por planta, siendo que en México la floración se produce en agosto, y luego, de febrero a mayo. Una vez maduro el fruto, cuando se presentan los copos, comienza la cosecha.

Pero no todo es belleza.

El algodón está expuesto a varios tipos de plagas, que suelen afectar el trabajo y sustento que este genera a miles de familias. Ha habido épocas donde la sequía, la caída de los precios y los gastos ocasionados por insectos colapsan la producción.

Por eso, a mediados de los años 90 se empezaron a formular semillas de algodón genéticamente modificadas, así como a rotar los cultivos. La solución fue sembrar variedades de algodón que producían toxinas letales a las plagas que lo atacan.

El beneficio fue palpable, ya que se empezaron a usar menos pesticidas y a controlar la plaga de gusanos dañinos, uno de ellos, el gusano rosado. Hay otros factores que también atacan los cultivos, pero fue desde aquí que empezó a hablarse del algodón “sustentable”.

ARRIBA EL TELÓN

Desde el principio los informantes pidieron el anonimato. Tenían temor de las represalias que incluían la muerte.

A medida que se juntaban pruebas de lo que era el Algodón de Luna, la delicadeza del romanticismo era suplida por el terror.

Para sembrar ese cultivo, era necesario contar con grandes extensiones de tierra y lo más importante, dinero.

Conseguir los recursos monetarios implicaba acudir a las instancias gubernamentales para tener el financiamiento requerido.

El Banco Nacional de Crédito Rural aparecía como la institución crediticia ideal para obtener los recursos monetarios.

Los campesinos acudían a solicitar un crédito para invertir. La banca realizaba un estudio de campo para ver las potenciales opciones productivas que garantizaran la recuperación del préstamo.

Un inspector de campo se presentaba a realizar el estudio que permitiera autorizar el crédito para el financiamiento.

Una vez autorizada la hipoteca, porque el algodón serviría como respaldo para recuperar el dinero autorizado, todo era alegría.

La tristeza venía cuando el ejidatario acudía a Banrural para notificar que la cosecha se había perdido.

Qué había atrás de todo: un fraude de impresionantes proporciones.

Una simulación bien fabricada para conseguir una archimillonaria transa de incalculables dimensiones.

Cómo operaban para conseguirlo, era un mecanismo insospechado.

Con el dinero en la mano para adquirir semilla, fertilizantes, maquinaria, mano de obra y demás, iniciaba la siembra.

Justo cuando el cultivo estaba floreciente, entraba un operativo donde el contubernio y la complicidad de inspectores de campo, funcionarios y productores se conjugaban para consumar el atraco.

Usaban cientos de campesinos contratados para la pisca, que es la recolección del producto, durante la madrugada.

Una vez cosechado el algodón al amparo de las sombras de la aurora, se procedía a almacenarlo para luego venderlo.

Colocado en los mercados y obtenida la ganancia, venía el reparto del dinero del hurto.

Los billetes se repartían entre todos los que intervenían. Era un festín colectivo que duró años y generó enormes ganancias.

Pero no paraba ahí.

A fin de justificar que no se podía cubrir el préstamo autorizado por el Banco de Crédito Rural, se enviaba nuevamente a un inspector de campo para que diera fe de un siniestro con el cual se había perdido la cosecha.

Entonces en un proceso burocrático, se realizaban trámites para justificar el siniestro y que la garantía fuera archivada en lo que se denomina como cartera vencida.

Inicialmente el Banco de Crédito se denominaba Banco Ejidal, que en la región de la Comarca Lagunera, comprendida por los estados de Durango y Coahuila, era conocido como Bandidal.

Había motivos suficientes para que el nombre se justificara.

Por aquellos tiempos los nombres de los presuntos líderes campesinos Antonio Barajas y Pedro Gallardo sonaban con insistencia como probables autores de esa mecánica.

Incluso ambos fueron detenidos por el Ejército luego de que hubo un millonario asalto a las instalaciones del Banrural.

Obviamente se declararon inocentes.

Todo ese material periodístico fue publicado en La Prensa. Era un hecho sorprendente que dio motivo a la remoción de funcionarios y a modificar las estructuras financieras del campo.

Sobra decir que al regreso a la Ciudad de México desapareció el encanto del Algodón de Luna.

Había motivos suficientes para la desilusión. El engaño y la astucia  que su usaban para la estafa, eran producto de habilidades que rayaban en la genialidad.

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