Opinión

Memoria Fresca

El encuentro, fue casual. Fortuito. Totalmente accidental.

Pero la conversación con esa mujer de blanca piel y destellantes ojos verdes, habría de superar la trivialidad.

Emanaba luminosidad de inteligencia. Brillantez en el lenguaje. Sabiduría. Cultura atrayente.

Durante el intercambio de ideas, sin presumirlo, ponía sobre la mesa que era una erudita.

Poco antes de dar un sorbo al humeante café, fue domina por una expresión de vivacidad y con la mano derecha extendida soltó: Me llamo Marta Turok.

Tras la reciprocidad de compartir los nombres, vino la de las actividades y los quehaceres profesionales.

Ella, antropóloga.

Desde que inició el coloquio, mostró una elegante apertura en el diálogo. Dominio en los temas.

Ingenio, agudeza y una enorme superioridad al abordar la temática de las etnias indígenas.

Marta Debra Turok Wallace, nacida en el Distrito Federal, es también curadora de arte popular y considerada la especialista en textiles tradicionales mexicanos más importante de México.​

Realizó estudios de antropología y socioeconomía en la Universidad Tufts, en Medford, Massachusetts, Estados Unidos, donde se tituló en 1974 con la tesis honorífica Symbolic Analysis of Ethnographic Textiles from Chiapas.

En 1978, realizó estudios de maestría en etnología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Luego, en 1996 cursó mercadotecnia en la Universidad de California en Berkeley, en donde concluyó los estudios con mención honorífica.

También realizó estudios en Harvard, en donde participó en el “Proyecto Chiapas” de la institución educativa, lo que le permitió aprender el idioma tsotsil, el cual le facilitó la comprensión del simbolismo de los huipiles ceremoniales y el contacto con sus tejedoras.​

En ese compendio de erudición, nació la sugerencia: Por qué no haces una serie de reportajes del ramo indigenista.

Inicialmente propuso a los tarahumaras y a los lacandones.

Y así fue.

memoria

Los rarámuri o tarahumaras son una comunidad indígena del norte de México, en la parte de la Sierra Madre Occidental que atraviesa territorio del estado de Chihuahua.

Rarámuri significa “el de los pies ligeros” o “corredores a pie” y proviene de rara, pie, y muri, ligero.

El 90 % de su población (cerca de 60 mil habitantes) se asienta en el estado de Chihuahua.

A los mestizos en general se les designa con el término chabochi, que significa “los que tienen barbas”, y a los que conviven con ellos y comparten su cultura les llaman napurega rarámuri.

Turok ofreció un contacto para que pudiéramos allegarnos información y realizar el reportaje.

Es aconsejable, indicó, llevarle un presente como muestra de cercanía y afecto. Eso te ayudará a ganarte su confianza.

Acompañado de un compañero fotógrafo, Gildardo Solís, volamos a Ciudad Juárez.

Hubo de ir a El Paso, Texas, donde se compraron un par de camisas térmicas, de franela a cuadros, porque eran tiempos de frío.

Luego se rentó un vehículo y comprar provisiones para viajar al corazón de la Sierra Tarahumara.

Guachochi fue el poblado escogido para encontrarnos con el gobernador de la etnia.

Tras largo viaje por carretera y terracería, estrechamos la mano de Santiago.

Era un viernes del mes de noviembre.

Hombre de arrugada tez, piel curtida y castigada por el clima, y larga cabellera.

Te he traído un presente como símbolo de amistad, espero que te gusten y estrenes una el domingo, se le argumentó.

Fuimos instalados en una rústica cabaña de madera, aunque antes compartimos parte de los alimentos que habíamos habituallado.

FILOSOFÍA IRREFUTABLE

Al día siguiente, de cielo esplendoroso, viento que acariciaba el rostro y una luminosidad que sólo podría competir con un paraíso, salimos a disfrutar esa magia que nos regalaba la naturaleza.

Vimos venir a Santiago. Con alegría desbordante.

Portaba con donaire una de las camisas obsequiadas.

Es sábado, Santiago. Te dije que la estrenaras mañana.

Y comenzó la cátedra de sabiduría:

Quién garantiza que habrá un mañana. La vida se hizo para disfrutar el hoy. Chabochi, disfruta la vida. No seas esclavo de los tiempos.

Para mitigar el pasaje y desviar la atención, se le dijo: Son camisas térmicas, reducen los embates climáticos.

Nuevamente puesto de a pechito para otra lección:

Tienes que aprender, si hace frío disfrútalo. Con quejarte no va a cambiar el clima. Estarás de malas y te echas a perder la vida. Y, de paso, se lo echas a perder a quienes te rodean.

Era una verdad, una filosofía, más profunda que las barrancas de El Cobre de la Sierra Tarahumara.

Si llueve, me dijo, deja que el agua moje tu rostro. Que bañe tu cuerpo. Hay seres humanos que mueren de sed.

Inundaba, compartía, enriquecía, verdades absolutas. Irrefutables.

A nosotros, expresó, no nos esclaviza el clima. Nos ha sido regalado para sentirlo. Calor y frío, nacieron antes que la vida.

Ver una estrella o un relámpago, es mejor que estar ciego y vivir encerrado en las tinieblas.

No eran insolencias. Tampoco impertinencias. Sólo mensajes sin arrogancia y realidades llenas de sinceridad.

Los Tarahumaras vivían inclemencias por la desnutrición. La tuberculosis los aniquilaba.

Sus chozas de troncos de árbol, trabadas horizontalmente, salpican las laderas de las montañas a los lados de los arroyos y en las altas mesetas, estaban llenas de amor.

En la parte superior se deja abierta en un lado para que salga el humo del fuego que constantemente arde en la pieza de piso de tierra aplanada. El techo es de tabletas o de troncos acanalados. En sus habitaciones, las mismas desde tiempos precolombinos, no se acostumbran las sillas, las mesas o las camas.

Ahí permanecen los utensilios de sus abuelos. Metates, jícaras, molcajetes, vasijas de barro y bateas.

Duermen sobre tarimas o sobre un cuero de chivo en el suelo. Muchos de ellos viven en cuevas.

Los hogares, por familia, consisten de dos habitaciones generalmente pero a veces la cocina es también comedor, recámara y sala. La única puerta la abren en el centro del muro.

Generalmente, los tarahumaras carecen de servicios de salubridad y por su mala alimentación los agobian las enfermedades, entre ellas: dispepsias, enteritis agudas, congestiones alcohólicas, cirrosis de hígado, pulmonía, tosferina, tuberculosis pulmonar y sarna.

Pero son inmensamente felices.

El matrimonio es monógamo, aunque hay casos frecuentes de poligamia. Evita la unión entre hermanos y primos, pero en si no hay reglas para esos enlaces.

Acostumbran el matrimonio a prueba, por un año, durante el cual la muchacha se va a vivir con el joven. La mujer embarazada trabaja hasta el último momento. A punto de dar a luz, se retira a la montaña, hace un lecho de yerba junto a un árbol, y apoyada en él, pare, lava al niño y quema el cordón umbilical, el cual entierra.

Generalmente, los tarahumaras se casan muy jóvenes; antes de los 16 años. En las “tesgüinadas” –que son a la vez reuniones sociales y de carácter económico– se conocen y se tratan todos los miembros de la comunidad.

Allí se hacen los noviazgos con plena libertad de selección, aunque es frecuente que la mujer tome la iniciativa en las relaciones amorosas, cantándole, bailándole en frente y llamando la atención del muchacho, tirándole guijarros.

Amar, me dijo Santiago, es armonizar los sentimientos.

Construir un futuro que no te atropelle. Es disfrutar la libertad de las emociones que nacen del corazón.

 

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