Opinión

Memoria fresca

La presente historia, parece extraída de la ficción.

Es una narración que raya en lo inverosímil.

Llena de incredulidad.

Por sorprendente, improbable y asombrosa que se considere, es real. Los hechos ocurrieron y aunque fueron ocultados, forman parte de un insólito acontecimiento.

Sin duda, el hecho es sorprendente por las implicaciones escandalosas con que se relacionan.

Era la primera semana del mes de octubre del año 1976. Día nublado en San Antonio, Texas.

La calle Houston, cercana a la oficina de correos, estaba saturada de personas. Como si estuvieran a la espera de un desfile.

Entre la multitud, en su mayoría mexicanos resisentes en los Estados Unidos, prevalecía un desbordante entusiasmo. Expresiones de júbilo y alegría contagiosa.

A media calle transitaba una nutrida comitiva que se regodeaba con las demostraciones de gozo. Trajeados todos ellos.

Un personaje en particular llamaba la atención por sus ademanes y saludos a la gente ahí reunida para vitorearlo.

Caminaba presuroso. Avanzaba a grandes zancadas, como si fuera participante de una competencia de marcha.

Rostro feliz. Repartía sonrisas, gestos y ademanes triunfalistas.

Dominado por la hiperactividad el entorno era suyo. Nada la opacaba, hasta ese momento.

Repentinamente, se dirigió hacia un individuo que mostraba una pancarta de no grandes dimensiones. Inesperadamente se la arrebató. La hizo trizas en pocos segundos.

Acto seguido, le asestó un golpe de karate  en la mandíbula y lo derribó. Caído en el suelo, el portador del cartel optó por cubrirse el rostro con ambas manos.

El hombre que momentos antes era todo esplendor, lo pateaba sin  misericordia. Sin piedad. Estaba furioso. Fuera de control. Dominado por la ira.

Podría parecer un hecho fugaz, sin trascendencia, pero no lo era.

La víctima, un líder chicano que respondía al nombre de Mario Cantú. Había sostenido entre sus manos un letrero que decía:

LEA, ERES UN ASESINO.

Quien era presa del arrebato y había perdido la ecuanimidad al demostrar una violencia incontrolable, ni más ni menos que Luís Echeverría Álvarez. El Presidente de México.

Furioso, el Jefe del Ejecutivo mexicano pedía a los elementos del Estado Mayor Presidencial y el Servicio Secreto norteamericano que lo dejaran proseguir con la tarea violenta.

Fue, sin duda, un evento que prendió luces de alerta en las esferas del poder.

Echeverría, promotor de la Carta de los Deberes y Derechos Económicos de los Estados (conocida como Carta de los Deberes y Derechos del Tercer Mundo), proclamaba entonces la defensa de los países en vías de desarrollo.

Incluso en México, San Jerónimo Lídice, había fundado una universidad donde la plantilla magisterial estaba integrada por exiliados suramericanos.

Los docentes era chilenos, uruguayos, argentinos y bolivianos principalmente que se habían convertido en refugiados tras la instauración de gobiernos militares en el llamado Cono Sur.

Con un estilo de gobernar que era calificado de populista, había recorrido gran parte del planeta para proclamarse como el defensor de las naciones en vías de desarrollo.

En el círculo que lo rodeaba, le habían hecho creer que podría convertirse en secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Papel que, suponía, estaba diseñado para desempeñar.

Sin embargo el incidente registrado en San Antonio, Texas, lo exhibía en su justa dimensión. Un pacifista dominado por la intolerancia.

Un arrebato visceral que irrefrenablemente daba al traste con las ambiciones de buscar el liderazgo mundial con el que soñaba.

Todo se iba al sistema del desagüe por lo que LEA consideraba una provocación del imperialismo.

MUTISMO INFORMATIVO

Quien hoy relata lo insólito, fue un testigo ocasional.

No estaba previsto, ni siquiera conocido, asistir a la llegada del mandatario mexicano.

Un compromiso personal, invitado por mi amigo Juan Rosas que laboraba en el Canal 41 de San Antonio, era el argumento para la presencia en aquella ciudad.

Consumado el arrebato presidencial, por la vía telefónica hubo comunicación con Francisco Juaristi Septien, director general y propietario de Zócalo.

Un periódico instalado en Piedras Negras, Coahuila, mi fuente laboral y de ingresos.

Primera experiencia periodística luego de haber egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.

Relatado el acontecimiento, pidió volviera a marcar en 15 minutos.

¿Tiene coche? Interrogó. No, fue la respuesta.

Tome un taxi y aquí lo pagamos, fue la instrucción.

Llegado a la redacción, había nerviosismo y ansiedad. Me esperaban con verdadera preocupación.

Narrados los hechos, la orden fue redactar lo acontecido.

En aquella vieja máquina de escribir Remington, donde literalmente se aporreaban las teclas, y en el reverso de un trozo de papel de télex donde se recibían las notas de agencias internacionales, se hizo la nota.

No sea usted pendejo, Corona. Tiene la historia en sus manos. Dele todo lo sucedido.

Y la tenía. Ningún periodista la compartió conmigo.

Por costumbre las noticias escritas para publicar tenían que ser de 30 líneas. Bajo ese criterio había cumplido.

A la distancia debo admitir que me dominaba un sentimiento de temor. De miedo y de autocensura. No era ingenuidad.

No figuraba en mi criterio trasmitir la noticia de que un Presidente de la República había golpeado a una persona.

Es más, sin conocerlos, sabía que había mecanismos de control que prohibían tocar la imagen presidencial.

Pero la instrucción fue clara y precisa: Escriba lo que dé. Toda la primera plana es suya.

Y, en efecto, la noticia acompañada de fotografías de UPI (United Press International) ocupó toda la primera plana. Iba acompañada de una entrevista a Mario Cantú, el agredido.

Nunca imaginé que me atacara. No esperaba ser golpeado, dijo el líder chicano quien era propietario del Marios’s Restaurant  donde se expendía comida mexicana.

Por esos misterios de la vida, la noche anterior habíamos cenado en ese lugar. Sin imaginar que el día siguiente conocería al propietario después de haber sido golpeado por un Presidente de México.

La noticia fue publicada por Zócalo. Algo inédito.

El único periódico mexicano que se atrevió a reseñarla.

Ningún periódico o medio informativo mexicano refirió los hechos a pesar de tener enviados especiales porque el Presidente acudía a inaugurar una muestra cinematográfica.

Rodolfo Echeverría Álvarez, hermano del Ejecutivo, era el director del Banco Cinematográfico.

Podría pretextarse que la fuente de espectáculos cubría el evento. Pero nota es nota y el periodista no tiene límites para informar.

La verdad es que fueron per$uadidoS de que era un acontecimiento sin importancia. Todos estaban en la sala de prensa y no vieron los hechos.

Además, el control y la represión eran una divisa que estaba presente y se ejercían a placer.

La edición de Zócalo circuló. Los ejemplares fueron secuestrados. En la Hemeroteca Nacional, donde existen miles de ejemplares de otras ediciones, no hay ninguno de ese día.

Ni la editorial lo conserva, porque su archivo se incendió.

Es probable que alguien conserve aquel número donde se testimonia el increíble acontecimiento.

P.D. Durante décadas viví con esa experiencia como algo que nadie puede creer.  A lo largo de los años he narrado el suceso en reuniones personales.

Sobra decir que hay quienes me tiraban de a loco.

Hace dos años durante una comida a la que fui invitado por el doctor Héctor San Román, acudió un tercer comensal: Mauro Jiménez Lazcano, subsecretario de la Presidencia en tiempos de la agresión.

Expresé: Mauro, verdad que el Presidente Echeverría golpeó a un líder Chicano en San Antonio. Yo estaba presente.

La respuesta fue un alivio y hubiera querido que todos los incrédulos la escucharan.

Lo tiró y lo pateó, fue la respuesta que alivió mi carga emocional.

              Continuará

  

   

            

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