Opinión

Análisis: Incertidumbre, “nueva realidad

Un relato auténtico de los mítines de Birmingham en 1799 explica la participación de los obreros en los disturbios diciendo que la naturaleza de su trabajo era tal, que solo “se les enseña a actuar, no a pensar”

   …..los únicos valores que las clases altas le permitían a la clase trabajadora eran los mismos que los propietarios de esclavos apreciaban en un esclavo. El trabajador debía ser diligente y atento, no pensar en forma autónoma, deberle adhesión y lealtad sólo su patrón, reconocer que el lugar que le correspondía en la economía del Estado era el mismo que el de un esclavo en la economía de la plantación azucarera. Es que las virtudes que admiramos en un hombre son defectos en un esclavo.

   Y así, un hecho inesperado ha trastocado la economía mundial; Los llamados cisnes negros que cambian el rumbo de la economía. Con ese terminó denominó el economista Nassin Nicolab Taled a los fenómenos altamente improbables que tienen un gran impacto y el Covi-19 es un cisne negro que obliga a cuestionarnos, ¿Cuáles son los principales riesgos que nos acechan en el futuro cercano? 2020 nació como el año de las incertidumbres y de las dudas. La economía había arrancado el año dentro de una densa neblina que impedía vislumbrar los riesgos que se cernían en el futuro. No imaginábamos qué un enemigo mortal venía a nuestro encuentro. Los expertos aun tratan de descifrar los efectos inesperados que dejará a su paso esta calamidad. Riesgos e imprevistos económicos, políticos y sociales, es lo que tratan de descifrar los economistas en el primer semestre de este enigmático año.

   Estamos frente a un doble desafío: no habíamos salido de la crisis económica- financiera  de 2008 que dejó maltrecha la economía mundial y hoy doce años después tenemos que reparar los daños causados por la crisis sanitaria, económica y social mundial que está dejando la pandemia; ¿como  crear empleos de calidad para las decenas de millones de personas que cada año se incorporan al mercado laboral, cuando millones de empleos se han perdido en menos de cinco meses de este catastrófico 2020?

   Con la batalla contra el COVID-19 sin ganar aún, se ha instalado la idea de que lo que nos espera tras la victoria es una nueva normalidad” en la forma de organizar la sociedad y en la forma de trabajar.

   No es nada tranquilizador. Y no lo es porque nadie nos puede explicar en qué consistirá esta “nueva normalidad”. Al parecer será dictada por las limitaciones impuestas por la pandemia y no por nuestras preferencias. Ya hemos oído esto antes. Lo oímos en la crisis de 2008-2009 cuando nos djieron que, una vez inoculada la vacuna contra el virus de los excesos financieros, la economía mundial sería más segura, más justa y más sostenible. Y no fue así.

   Nadie desde Virgilio hasta Marx se había molestado en estudiar lo que el agricultor o el obrero de una fábrica hacía a diario. No fue hasta finales del siglo XIX cuando los capitalistas se dieron cuenta de lo que sus trabajadores hacían en realidad e intentaron cambiarlo.

   Esta pandemia nos muestra de la manera más cruel, la extraordinaria precariedad y las injusticias de nuestro mundo laboral. Se trata de la destrucción de los medios de vida de la economía informal –en la que se ganan la vida seis de cada diez trabajadores—.

   Ante los enormes desafíos que se plantean en el mundo del trabajo, frente los millones de empleos destruidos a causa de la pandemia, y el recrudecimiento de la pobreza y desigualdad, nunca había sido tan urgente como ahora configurar un panorama claro de las tendencias sociales y de empleo a escala mundial.

   Antes del arribo de los cisnes negros, la precariedad del trabajo se manifestaban en el desempleo y los bajos ingresos. En 2019, más de *630 millones de trabajadores en todo el mundo –es decir, casi uno de cada cinco, o el 19 por ciento de todos los empleados– no ganaban lo suficiente para salir ellos mismos y sus familias de la pobreza extrema o moderada, que se define como la situación en la que los trabajadores ganan menos de 3,20 dólares de los Estados Unidos al día en términos de paridad de poder adquisitivo.

   *2000 millones de personas basaban su diario sustento en la economía informal.

   *190 millones de personas estaban desempleadas, de las cuales el 64,8 millones son jóvenes.

   *344 millones de nuevos empleos deberían crearse antes de 2030.

  *Los 17 Objetivos de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible se enfocaban al: 1-Fin de la Pobreza: 2-Hambre Cero; 3-Salud y Bienestar; 4-Educación de Calidad; 8-Trabajo Decente y Crecimiento Económico; 11-Ciudades y Comunidades Sostenibles; 16-Paz Justicia e Instituciones Sólidas; 17-Alianzas para Lograr los Objetivos.

Todo ello tendrá que replantearse ante cifras negativas y una nueva realidad. Cuando el mundo disponga al fin de la vacuna, el mundo será diferente.

  Habrá que recordar que toda la riqueza del mundo tal como se le conoce en nuestros días fue comprada al principio no con oro ni con plata sino generada con trabajo, (esclavitud, colonialismo y usura) y su valor para aquellos que la poseen y que desean intercambiarla por algunos productos nuevos es exactamente igual a la cantidad de trabajo que les permite su capacidad de compra. Esta es la teoría clásica del valor-trabajo: nos dice que el trabajo requerido para hacer algo determina cuánto vale ese algo.

   El trabajo es único. De todas las cosas que compramos y vendemos, solo el trabajo tiene la facultad de añadir valor. El trabajo no es solamente la medida del valor, sino la veta madre de la que se extrae la ganancia. Pero no se pueden generar por decreto los empleos, tampoco borrar de la imaginación colectiva, que el recurso más importante que poseen las personas que viven en la pobreza es el potencial de su propio trabajo.

   El término “clase obrera“, corresponde a la mitología de una sociedad en la cual las tareas y funciones de los ricos y de los pobres se encuentran repartidas: son diferentes pero complementarias. La expresión “clase obrera“ evoca la imagen de una clase de personas que desempeña un papel determinado en la sociedad, que hace una contribución útil al conjunto de ella y, por lo tanto, espera una retribución.

   André Gorz un intelectual francés en 1980 hizo un señalamiento refiriéndose a que: la clase obrera había muerto, pues se encontraba permanentemente dividida como grupo social, desposeída culturalmente y privada de su anterior y (difunto) papel como agente del progreso social. Gorz tenía razón en un sentido. Y es que, en los últimos 40 años, hemos sido testigos de la caída de la afiliación sindical y del poder negociador de los sindicatos en el mundo desarrollado, así con una cada caída paralela de los salarios y la participación de estos en el PIB. Ahí radica la causa fundamental del problema del que se lamenta Thomas Piketty: la incapacidad de los obreros para defender su cuota en el producto total, con el consiguiente aumento de la desigualdad.

   Junto a la debilidad material, el movimiento obrero ha padecido un verdadero desplome ideológico que se ha dejado sentir con igual agudeza en todas las ciudades industriales. Esta clase trabajadora desorganizada a merced del consumismo y el individualismo jamás pensaría en derrotar al capitalismo, tampoco enfrentar el Postcapitalismo que se abre camino de la mano con la pandemia.

   Cien años atrás la década de 1880 es la de los primeros grandes movimientos obreros de masas. Aunque los movimientos en sí fracasaran a menudo los trabajadores calificados lograban resistir espectacularmente la automatización, al tiempo que los no calificados se beneficiaban de los primeros rudimentos del sistema de asistencia social que culminará decenios después con el Estado de bienestar.

   Antes de esta calamidad viral, Las erráticas condiciones de empleo, zarandeadas por la competencia del mercado, eran por entonces, y siguen siendo, la principal fuente de la incertidumbre acerca del futuro y de la inseguridad relativa a la posición social y a la autoestima que rondaba a los ciudadanos. Pero hoy el mundo se encuentra al borde de un peligroso abismo. Existe el riesgo de caer en un futuro malvado, materialista, egoísta.

   La nueva población trabajadora la que trabaja en las fábricas de Asia por ejemplo se está formando mediante un proceso igual de crudo al que soportaron los obreros y mineros en Inglaterra doscientos años atrás. Cómo olvidar, en ese sentido, el contrato que Foxconn, fabricante de productos Apple, obligando a firmar a los trabajadores de sus plantas de producción en China el compromiso a no suicidarse por estrés laboral.

   En México la curva de los contagios no se aplana y el darwinismo es el mejor aliado para reactivar la economía y sin consultar a los trabajadores, estos se reincorporan a su trabajo, si no es así no podrían satisfacer sus necesidades personales y familiares básicas y, que sobrevivan los más aptos, los muertos no importan, frente a las exigencias del mercado el sindicalismo exhibe su derrota.

  El Estado social o el Estado benefactor, ésa culminación de larga historia en nuestra democracia y, hasta fecha reciente, su forma dominante, se ha batido en retirada. El Estado social basaba su legitimidad y sus demandas de lealtad y obediencia de sus ciudadanos en la promesa de defenderlos y asegurarlos contra la superfluidad, la exclusión y el rechazo, así como contra las  azarosas embestidas del destino y ante la minimización del Estado el Congreso del Trabajo convertido en un simple espectador representa un movimiento obrero derrotado que no propone ni responde.

   Frente a ese panorama, las prerrogativas institucionales se delegan cada vez más en los propios individuos: todo ello con el propósito de asegurar la existencia y el mantenimiento del aparato estatal y sus privilegios, que cada vez son menos. Sobre esta base tenemos que aceptar qué hay una Crisis de Estado  y, lejos de ser un proveedor y un garante del bienestar público, se ha convertido en un parásito de la sociedad, preocupado únicamente por su propia supervivencia: un parásito que exige más y más y cada día da menos.

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