Opinión

Análisis Sociopolítico | La clase media no se intimida

Mucho se ha debatido sobre la medición de la pobreza, tanto en el plano conceptual como metodológico, pero ciertamente no ha recibido la misma atención la identificación y medición estadística de la llamada clase media. Esta última tarea resulta problemática por dos razones:

Porque no necesariamente la clase media es algo que comienza justamente ahí, en donde termina la pobreza extrema: en la sociología contemporánea se discute si la pobreza define en sí misma a una clase social o es más bien una condición transversal al concepto de clase; por ejemplo, así como hay trabajadores pobres, cabe concebir asimismo un estrato de la clase trabajadora no pobre, pero tampoco, en sí y por sí, clase media.

No hay una definición consensuada sobre lo que es la clase media; sobre todo de una que se preste a ser medible con la información estadística disponible. Pero algo la caracteriza, su deseo de salir de la pobreza a través de una cultura de estudio y esfuerzo. Lo que sí se sabe es que la deuda se convierte en la norma para las clases medias.

Ciertamente algunas metodologías se han propuesto para salvar el obstáculo: algunas, fijando un umbral alrededor de la mediana del ingreso corriente per cápita (mediciones relativas); otras, determinando econométricamente la probabilidad de incurrir o no en pobreza y decidiendo cuál umbral de riesgo marca la frontera entre ser clase media o no serlo. El deseo de mejorar la sociedad ha sido siempre un valor constante e invariable en la ecuación sociológica. Hay datos que señalan que el 42 por ciento de los hogares mexicanos forman parte de las clases medias y en ellos vive 39 por ciento de los habitantes de nuestro territorio.

En un plano de análisis y en función del conocimiento del contexto de intervención comunitaria, se hace necesario sumar una mirada cualitativa de la comunidad a la cuantitativa, aportada por los indicadores sociales, económicos y políticos.

El poder no unifica ni nivela hacia arriba (o hacia abajo) las diferencias: el poder divide y opone. El poder conoce el placer de exterminar, el poder es enemigo jurado y supresor de la simetría, la reciprocidad y la razón. La potencia del poder consiste en su capacidad para manipular las probabilidades y diferenciar posibilidades potencialidades y oportunidades: y lo logra sellando definitivamente las divisiones resultantes e inmunizando las desigualdades apagando el disenso y vigilando las súplicas del parroquialismo que se encuentra en el extremo receptor de la dádiva que prostituye.   

A partir de que se empezaron a construir las fábricas por una necesidad impuesta por la primera revolución industrial, se fue creando una forma nueva y peligrosa democracia; <<Todo gran taller de producción y fabricación es algo así como una sociedad política que ninguna ley puede silenciar, ni ningún juez podrá dispersar>> una clase obrera industrial dispuesta a mejoras sus condiciones de bienestar familiar.

Hoy en día, toda la sociedad es una fábrica y las redes de comunicación vitales para el trabajo diario y la rentabilidad económica rebosan conocimientos y malestar compartidos. Actualmente es la red —como el taller de producción lo era hace doscientos años— lo que <<no se puede silenciar ni dispersar>>.

Lo que nadie previó en un principio era que esta clase obrera reestructurada se volvería más instruida, más radicalizada y más politizada. Los <<bueyes estúpidos>> del Taylorismo se enseñarían a sí mismos a leer, no ya literatura barata, sino filosofía incluso, muchos  de ellos estudian en universidades con el deseo de superación, he ahí la formación de una clase media.

Lenin retomó en 1914 la teoría de la Aristocracia trabajadora de Engels, observando su entusiasmo y tenacidad en la defensa de sus salarios y de la democracia, así como su patriotismo al estallar la guerra; la élite de los trabajadores calificados, la fuente del patriotismo y la moderación contagiaban al movimiento obrero. Pero no tomó en cuenta que, la política real del capitalismo estaba centrada en la destrucción de los “privilegios” y la autonomía del trabajador altamente calificado. Como hoy se pretende hacer, denostando a la clase media emergente.

En 1920 (curiosamente hace 101 años), Lenin reelaboró la teoría de la aristocracia obrera y calificó a sus miembros como los verdaderos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero {,,,,}, auténticos vehículos del reformismo y el chovinismo.

Pero esa era una afirmación ciertamente pintoresca para esos tiempos y los actuales. En ese entonces, la clase obrera llevaba ya cuatro años inmersa en una oleada de batallas revolucionarias liderada por los trabajadores calificados. Esa clase obrera se lanzaba a un ataque frontal contra un abuso desmedido en las fábricas y los gobiernos y ese asalto alcanzaría proporciones revolucionarías en Alemania, Italia y Rusia y prerrevolucionarias en Gran Bretaña, Francia y partes de Estados Unidos, México no fue ajeno a esas luchas.

En cada uno de esos casos, las luchas fueron encabezadas por esa supuesta <<aristocracia obrera>>, (la más ilustrada y con mejor salario, porque no decirlo, la clase media). Después de décadas de lucha se impusieron regímenes dotados de un Estado de bienestar, derechos sindicales y constituciones democráticas en Alemania, Italia y Japón, también se eliminaron a las élites políticas para impedir el resurgimiento de las ambiciones fascistas en cualquiera de esos países. Debemos entender que así fueron surgiendo las clases medias.

Desde el momento en que el crecimiento económico despegó en los años 50, las políticas destinadas a favorecer el pleno empleo y en consecuencia de ello, la participación de los salarios en el PIB, creció la economía significativamente en la mayoría de países por encima de los niveles anteriores a la guerra, al tiempo que también subía la contribución fiscal de las clases alta y media a fin de sufragar los programas de salud y las prestaciones sociales públicas. Recursos financieros bien administrados, propiciaron que la educación pública diera como resultado un nutrido grupo de estudiantes universitarios hijos de padres de la clase obrera, mismos que fueron conformando una clase media emergente. Se sabia que para salir de la pobreza la armas son la educación, el trabajo y la cultura del esfuerzo.

Las previsiones antes de la pandemia estimaban que para 2020 la clase media sería el 53% de la población mundial.

Pero hoy es denostado ese amplio sector de la población tras la caída de votos el 6 de junio. La clase media “aspiracional” es el nuevo receptor del canibalismos verbal, la cultura del esfuerzo, los deseos de superación no pueden ser ejemplo para la chusma clientelar que bajo el reflejo pávloviano sale a votar y aplaudir, porque dista mucho de compartir las añoranzas republicanas de una clase media emergente.

Los trabajadores y las clases medias emergentes, después de ser el soporte para la recuperación de repetidas crisis económicas, saben que la impresión de moneda es ilimitado para que el costo de tomarlo prestado y sortear la crisis, llegue a ser cero para los bancos, y ese costo es endosado a ellos en una deuda eterna, y que la palabra austeridad significa impulsar a la baja los salarios, mayor productividad sin innovación tecnológica, desempleo, mayor desigualdad, derroche de recursos públicos, desmantelar instituciones, deteriorando los niveles de vida, para nivelarlos a un status de pobreza manipulable.

La clase media y el círculo socioeconómico adverso. Esa clase media hoy denostada sabe que el vertiginoso ritmo de los cambios devalúa todo cuanto pueda resultar deseable y deseado hoy en día, marcándolo desde el comienzo como el residuo del mañana, en tanto que el temor al propio desgaste personal, que rezume la experiencia vital de la vertiginosa velocidad de los cambios, torna más ávidos los deseos y más rápidamente deseados los cambios. Pero esos cambios deben ser con esfuerzo alejados de las falsas ilusiones, porque para llegar a un espacio jactanciosamente estúpido, solo basta dar un paso en falso, ya que las crisis de las diferentes formas de la política han creado un escenario de desesperanza y desencanto.    

Por eso esa clase media que no se dejará intimidar parafrasea las ideas de Michael Foucault “Tenemos que imaginar y construir lo que podríamos ser para desembarazarnos de esta especie de doble imposición política consistente en la individualización y la totalización simultáneas de las estructuras del poder”.

La crisis del mercado de trabajo provocada por la pandemia de COVID-19 dista mucho de haber terminado, y al menos hasta 2023 el crecimiento del empleo no logrará compensar las pérdidas sufridas.

En consecuencia, se preveé que en 2022 el número de personas desempleadas en el mundo se sitúe en 205 millones, muy por encima de los 187 millones de 2019. Esta cifra equivale a una tasa de desocupación del 5,7 por ciento. Antes del periodo de crisis de la COVID-19, solo se había registrado una tasa similar en 2013. Todo eso lo padece una clase media que aspira a una mejor educación para sus hijos, la comodidad de un hogar con espacios vitales y el disfrute de bienes materiales pagados con un ingreso honesto, y eso nadie lo puede censurar en un sano juicio.

La clave para superar las dificultades económicas provocadas por la COVID-19 -contracción de los negocios presenciales, pérdida de empleo e ingresos y desigualdades- es una recuperación del empleo inclusiva. Es de vital importancia que protejamos a los trabajadores (incluyendo a la clase media emergente) de los cambios transformadores que ya se están produciendo en el mundo del trabajo. Esta es la esencia de una “recuperación centrada en el ser humano”

El Banco Mundial advierte que en México una reducción de un punto porcentual en el crecimiento del producto interno bruto (PIB) se asocia con un aumento de 7.9 por ciento en la tasa de desempleo; además, cuando las empresas cierran y despiden a sus trabajadores, a éstos les lleva, en promedio, diez años recuperar su salario.

Esperar es una vergüenza y la vergüenza de la espera se vuelve en contra de aquel que espera. Esperar es algo de lo que avergonzarse porque puede advertirse y tomarse como evidencia de indolencia o de bajo estatus, verse como un síntoma de rechazo y una señal de exclusión. La sospecha de no estar muy solicitado, una intuición nunca demasiado lejana del nivel de conciencia, aflora ahora a la superficie y provoca numerosas interrogantes: ¿por qué tengo que esperar por lo que deseo/codicio?, ¿cuentan mis deseos todo lo que se merecen?, ¿son tan respetados como deberían?, ¿soy realmente necesario y bienvenido?, ¿o me desaíran? En tal caso, ¿es este desaire un indicio de que ya no soy útil?, ¿soy el siguiente en la lista de desempleo secretamente tramada por quienes me mantienen a la espera?

El enemigo no ha sido aún vencido, algo que han aprendido las clases medias emergentes y la clase trabajadora es reconocer los excesos de quien miente porque es un animal peligrosamente traicionero.

Hace tres años en las elecciones del 2018 se ponderaba el voto de la clase media, pero la clase media no es clientelar, sabe cuando en un mar agitado hay un barco sin rumbo, por ello la influencia de la clase media molesta y decepcionada no refrendó aquel voto y si sabemos restar aquellos 30 millones, hoy son 15. Querían un cambio, ¿funcionó? definitivamente no; no hubo guerra sucia, simplemente los asuntos de gobierno, según Max Weber, no se están haciendo bien.

Cuando la razón (es decir, la capacidad de separar las intenciones factibles, plausibles y realistas del mero ensueño) se hace de lado, da cabida al arribo del absolutismo, porque de las reglas de conciencia en la política, se demuestra qué el uso de la razón, no está en el manual de quien se lanzó a una aventura a ciegas, sin nada que perder, convencido de que la política y el gobierno no encierran misterios, convencido de que al llegar al poder por todos los medios legales o ilegales, (porque nuestro país no tiene una relación privilegiada en con el estado de derecho) incluyendo la estafa lingüística y el vedetismo vergonzoso, podría acusar en nombre de todo el pueblo a quienes apuestan por el estudio, el esfuerzo, la libertad y la dignidad del trabajo para superar pobreza e ignorancia, un hombre absolutamente solo, regido ante mitos parroquiales, considera ser dueño absoluto de la razón, por encima del orden constitucional.N

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