Opinión

Análisis Sociopolítico | Constitución, su destino y el de los ciudadanos

Las creencias no necesitan ser coherentes para ser creíbles. Las creencias que irreflexivamente son seguidas en estos tiempos parroquiales no son excepcionales. Pero debemos considerar que en el caso de nuestra creencia en la libertad debe ser contemplado de manera satisfactoria por una ciudadanía reflexiva apegada al orden constitucional, sin embargo tenemos que respetar la coexistencia con las creencias irreflexivas, con la salvedad que no debemos aceptar la necedad de incumplir mandatos constitucionales.

La ciudadanía tiene sus esplendores y sus rasgos no tan maravillosos, y separarlos resulta más difícil que separar sociedad y Estado. La indiferencia política, la apatía de los ciudadanos, y la despreocupación del Estado que no cumple con su obligación de promover el bien común son hijos legítimos, aunque ingratos de nuestra sociedad.

Y no estamos hablando hipotéticamente…. Esas dos desafortunadas tendencias se manifiestan por doquier, suficientemente claras en el reciente proceso electoral como para despertar la preocupación del análisis político, más importante aún, como para socavar la confianza en el Estado y provocar ansiedad generalizada con respecto a las fisuras cada vez más profundas que erosionan la textura de una incipiente democracia y nuestro destino.

La búsqueda del bien común no garantiza que los ciudadanos sean capaces de observarse a sí mismos ni de cuestionarse con mirada crítica si las leyes que nos gobiernan se apegan al orden constitucional. Por ello tiene sentido recordar a los ciudadanos que, si bien tenemos derechos no olvidemos cumplir nuestros deberes y así permitir que el tren republicano siga su camino hacia la remodelación de la libertad individual, apegados al orden constitucional que cierra paso al absolutismo y la tiranía!

Hay algo en que no cabe la menor duda: es que las fuerzas interiores y creadoras de una sociedad creativa, responsable y que respeta el orden constitucional, siempre logra descubrir, aún en medio de los más negros abismos, la ruta de la libertad que asegure el porvenir.

Desde los tiempos de Nicolás Maquiavelo, una revolución silenciosa ha venido produciéndose en el mundo de la conciencia y la sensibilidad humanas. Si el criterio y la definición del concepto <verdad> dados,  entre otros, por Tomás de Aquino (entendida como la correspondencia entre la cosa y el intelecto: adaequatio rei et intellectus) seguían siendo válidos  en ciencia y en filosofía, pero sin duda dejaron de estarlo en la vida práctica y en la política, donde ya no se creía que el poder procediese de una deidad, ni que la política fuese morada intrínseca de la virtud o de la sabiduría. En ningún lugar está mejor encarnada la revolución moderna ideada por el pensamiento político de Maquiavelo que en su concepto de <veritá effettuale> (verdad efectiva), por el que la verdad deviene en práctica o, más concretamente, en acción práctica. La verdad en política la construye aquel individuo que genera acción y logra resultados, pero no quien confunde, enreda y cuestiona, a la luz de una supuesta virtud, esa acción y esos resultados, se examinan en el contexto del precepto clásico; mentira es lo opuesto  a la verdad, lo cual equivale a afirmar que la verdad es eficacia, es éxito, y, a la inversa, que el éxito es la verdad. La verdad es lo que permanece en la memoria, mientras que la mentira está condenada a morir y hacer tildada de fiasco y vergüenza.

Hagamos un breve repaso por las páginas de la historia, y recordemos al Presidente de la República don Francisco Ignacio Madero González, con sus virtudes humanitarias y la calidez de su conciencia social. Su profundo respeto hacia los derechos de todos. Como político siempre habló con sencillez y verdad al pueblo, pues la mentira y la demagogia lo indignaban.

Jamás se expresó con insultos hacia sus opositores, no mató ni robó. Le agradaba ayudar a los desamparados, (no a los holgazanes). Al ser víctima de la rebelión, traición y asesinato, carecía de propiedades y fortuna. Nunca solicito al gobierno ni al pueblo se reintegrara su capital, ni el de su padre y hermano Gustavo, gastados para forjar la revolución de 1910. Predicaba con el ejemplo. Fue un apasionado del respeto a la ley y al derecho de los demás. Nadie en su sano juicio se puede comparar a él.

Venustiano Carranza se unió a Francisco I Madero en 1910 bajó la bandera de “Sufragio Efectivo y No Reeleción”, comprendiendo que no bastaba la renovación política para curar a México de sus tiranías históricas; no creía como Madero, que bastaba cambiar al Jefe del Ejecutivo para reformar al país.

Cuándo el 22 de febrero de 1913, son asesinados el presidente Madero y el Vice presidente Pino Suarez, se vio claro que sobre las ruinas de un gobierno constitucional se alzó la dictadura del chacal victoriano Huerta restaurando la dictadura militar de Porfirio Díaz; Carranza comprendió que más que el restablecimiento del orden constitucional, importaba destruir la raíces del poder en que se apoyaba la tiranía de Huerta, que no eran otras que las que habían servido de sostén a la dictadura del General Porfirio Díaz.

 “No puede caber la menor duda de que el general Victoriano Huerta, no solo excitó, sino que llevó a cabo una traición con las tropas nacionales, en complicidad con el embajador Henry Lane Wilson para obligar a renunciar al presidente Madero quien en la intendencia del Palacio Nacional, era prisionero de los traidores, el chacal ordenó el asesinato del presidente Madero y del Vicepresidente Pino Suarez al mayor del ejército Francisco Cárdenas, crimen por el cual debieron ser enjuiciados por el delito de traición y castigados con la pena de muerte.

El que obra por timidez, o siguiendo malos consejos, está precisado siempre a tener la cuchilla en la mano; y no puede contar nunca con sus gobernados, porque ellos mismos, con el motivo de que está obligado a continuar y renovar incesantemente semejantes actos de crueldad, no pueden estar seguros con él. Maquiavelo.

Por ello el propósito de Venustiano Carranza expresado en pocas palabras fue: destruir una dictadura militar, establecer la igualdad social y consolidar la independencia de la Patria. El derrocamiento del chacal Huerta no podía obtenerse si no eran eliminados los elementos militares con que contaba y, Carranza se propuso, pues, como primera tarea, destruir el poder militar de la dictadura Huertista. Con esos propósitos revolucionarios surgen el Plan de Guadalupe del 26 de marzo de 1913 y el que se llamó plan de Veracruz del 12 de diciembre de 1914 con el propósito solemne de derrocar la tiranía militar de Huerta por medio de un ejército constitucionalista y que el primer jefe organizaría. Prometía, además, el restablecimiento del orden constitucional al triunfo de la revolución, entendiéndose por esto la toma de la ciudad de México.

Nuestra Carta Magna hace cuatro años cumplió cien años 1917-2017, el gran pilar de la lucha por el <Sufragio Efectivo-No Reelección y por la Justicia Social>. No quedó claro si fue una celebración, un barniz a la pátina del tiempo o se pretendió olvidar; pero el asunto es que ahora en 2021 se juega a romper el orden constitucional pasando por alto la separación de poderes, con fines absolutistas. Y este jugar con la sofistería es un asunto serio que debiera preocuparnos.

Con el usurpador Victoriano Huerta se sumaron otros traidores. Como olvidar que: La Suprema Corte de Justicia, representada por los magistrados Alfonso Rodríguez Miramón, Emilio Bullé Goyri y Carlos Flores felicitan y le ofrecen colaborar con lealtad a quien a través de la traición y el cuartelazo asume una presidencia ilegítima, una vil expresión de conspiración abyecta. Pero cabe destacar la ejemplar decisión del presidente de la SCJ. Lic. Francisco Carbajal quien votó en contra de legitimar el golpe de Estado. Seguramente el señor Magistrado estuvo consciente de que un gobierno con bayonetas es siempre pasajero, momentáneo, ilegítimo e inconstitucional. Nadie hizo más por Bonaparte que Talleyrand y en su momento le dijo: Con las bayonetas Sir, se puede hacer todo, menos sentarse sobre ellas.

 La ciudadanía debe responder a lo que está pasando, o nuestra pasividad determinará un destino incierto para la República, la perspectiva no es atractiva si persisten las tendencias actuales, para empezar porque la Constitución se desgarra ante nuestros ojos, desafortunadamente, las ratas han ido royendo página tras página, artículo tras artículo, el cuerpo y espíritu de nuestra Carta Magna; permítaseme un comentario de un gris simbolismo, las ratas de hoy han retomado la tarea que otros roedores dejaron inacabada, y se atenta contra la República y su orden Constitucional.

Los actos de severidad mal usados son aquellos que, no siendo más que un corto número a los principios, van siempre aumentándose, y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y de mirar su fin. Pero no adoptemos aires de ermitaño, solo para exhibir nuestro desprecio hacia el bajo mundo de la política y no finjamos hablar solo de los placeres de la venganza.

Hay algo en que no cabe la menor duda: es que las fuerzas interiores y creadoras de una sociedad creativa, responsable y que respeta el orden constitucional, siempre logra descubrir, aún en medio de los más negros abismos, la ruta de la libertad que asegure el porvenir.

Por todas esas referencias los trabajadores y las clases medias emergentes deben estar mejor informados porque se avizoran tiempos de traiciones para la Constitución, y para los ciudadanos, traiciones para despojarlos del fondo para el retiro, para seguir precarizando las pensiones que se cobran en pesos y se pagan en “Udis”, pagando además impuestos por su pensión tras décadas de cotizar a la seguridad social; paradójicamente hay quienes reciben pensión sin pagar impuestos, sin haber jamás trabajado, ni cotizado para su retiro, pero les ofrecen incrementos mayores a las pensiones que reciben trabajadores en retiro y, esto no es otra cosa que desmantelar lo que queda de un estado de bienestar social, destruir el empleo formal y la educación para una juventud que sigue creyendo en la cultura del esfuerzo y rechaza el sometimiento que identifica a la clientela electoral.

La nueva legislatura deberá defender la tesis de que los trabajadores y clases medias emergentes, ante la crisis laboral provocada por la pandemia perdieron involuntariamente su empleo, quedando en el desamparo porque se les negó un ingreso básico temporal garantizado por el Estado, ahora lo deberán plantear como una propuesta  para que el Estado cumpla las obligaciones de un Estado Social y eso no es dilapidar las finanzas públicas. Los legisladores deberán entender que han llegado no para prostituir su voto, no para recibir privilegios, llegan para legislar respetando la Constitución. Tres años pasan muy rápido y están frente a una clara disyuntiva, servir al país sin utopías demagógicas, o engrosar las filas de la traición y la corrupción.

Los trabajadores y las clases medias emergentes tienen que replantear su relación con el Estado, para sumar su fuerza social y avanzar en la solución a los grandes problemas nacionales, cambiando esa relación de fuerzas que en la actualidad favorece a un reducido grupo identificado como clientela electoral, sin voz,  solo con voto.

Quienes están a cargo del control político ¿quieren actuar? Y con las armas de la república rotas, confiscadas por los poderes globales o desmanteladas por un Estado incapaz de resistir ambiciones y presiones. ¿dónde encontrar las fuerzas capaces para obligarlos a entrar en acción?

En nuestra democracia ¿existe un poder coercitivo destinado a mantener a raya el disenso?. En un Estado democrático no hay espacio para campos de concentración ni para oficinas censoras, mientras que las cárceles repletas como están, no tienen celdas reservadas para los opositores políticos. La libertad de pensamiento, de expresión y de asociación ha alcanzado proporciones sin precedentes y está más cerca que nunca de ser ilimitada. La paradoja, sin embargo, es que esta libertad sin precedentes aparece en el momento en que no existe en qué emplearla y en el qué hay pocas oportunidades de convertir la libertad ilimitada en acción. Hagamos uso de nuestra libertad y exijamos se respete la Constitución, no desperdiciemos esta oportunidad.

El precio de la libertad puede haber sido alguna vez la vigilancia eterna; lo más esplendido de la sociedad es que incluso los que exigen derechos, pero no cumplen deberes, los preocupados por sus intereses personales o aquellos que por cualquier otro motivo no están bien preparados para ejercer una vigilancia eterna e intimidatoria tienen la posibilidad de disfrutar de su libertad. La sociedad otorga libertad incluso para quienes prefieren ser esclavos.

Pierre Bourdieu nos recuerda una antigua ley universal: “la capacidad de proyección futura es la condición de toda conducta considerada racional. [.,.] Para concebir un proyecto revolucionario, es decir, para tener una intención bien pensada de transformar el presente en referencia a un proyecto de futuro, es imprescindible tener algo de control sobre el presente.. Pero el problema es que el control sobre el presente es un rasgo conspicuamente ausente en la condición de hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Ese mal no es algo novedoso para nosotros, es algo que nos ha  dañado desde tiempos inmemoriales. Pero si hay algo nuevo en el tipo de maldad que caracteriza a nuestro tiempo, el mal se ha vuelto más penetrante, menos visible, se oculta en el tejido mismo de nuestra convivencia y en el curso de nuestra rutina cotidiana. En su forma presente, el mal es más difícil de detectar, desenmascarar y resistir. Es seductor para engañar y nos agrede sin previo aviso.

Debemos entender: que todo el mundo es potencialmente prescindible o reemplazable; por lo tanto, todo el mundo es vulnerable y cualquier posición social, por elevada y poderosa que pueda parecer en el momento, es a largo plazo precaria: hasta los privilegios son frágiles y están bajo amenaza.

Si bien los golpes pueden dirigirse a un objetivo específico, la destrucción que causa no se limita a ese espacio.  El miedo que genera el mal es confuso, es un miedo “que intimida la conciencia y el subconsciente”. Para escalar las cumbres hay que tener los pies firmemente plantados en la tierra. Pero es la tierra misma la que se vuelve cada vez más inestable, débil y poco confiable… No hay ninguna sólida roca donde asentar los pies para poder saltar. La confianza, condición indispensable de cualquier planificación racional y de cualquier acción decidida, flota, buscando en vano suelo firme desde donde catapultarse. El estado de precariedad, torna incierto cualquier futuro, e impide, (si lo permitimos) toda previsión racional desalentando un mínimo de esperanza por un futuro necesario para rebelarse colectivamente, incluso contra el presente más inadmisible.

La meta en nuestro espacio marcado por el destino del orden constitucional no es tan solo lograr una clase de ciudadanos que permita al Estado manejar sus asuntos y la clase de Estado que permita a la ciudadanía manejar los suyos, sino también construir una ciudadanía capaz de estar atenta de que los asuntos del Estado sean manejados correctamente y una clase de Estado capaz de defender a la ciudadanía de los excesos que puedan darse desde la esfera del poder.

 

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