Opinión

Memoria fresca

Emilio “El Indio” Fernández llevaba a cuestas dos centenares de películas en las que participó

Era una mañana soleada, con viento fresco que golpeaba los rostros con fiereza.

Frente al entrevistador, estaba sentado aquel hombre corpulento que semejaba un barril de pólvora.

La rudeza, inocultable, sobresalía en cada milímetro de su piel y de sus gestos.

Cuando se ofuscaba, una furia incontenible lo hacía estremecerse y estallaba. Irrefrenable brincaba de la tranquilidad a la bravura.

Ese día de octubre de 1983 inició la plática tranquilo, sosegado y  dispuesto a conversar y contar anécdotas.

Entre sus manos arropaba a un hermoso gallo. Lo acariciaba y le hablaba como si ambos se entendieran.

Repentinamente, lo colocó sobre la mesa de rústica madera. El ave, erguida y señorío parecía posar para ser captado por la lente de mi compañero de La Prensa.

Esa gráfica fue la de portada. Ambos, con predominio, presumían su altivez. Dos ejemplares con grandeza.

Él, brusco y hostil, respondía a los cuestionamientos. Enfatizaba cada respuesta. Arrogante y con desplantes acentuados de fiereza.

La carga de un trabajo con el que hizo historia como actor, director productor daba para eso y para más.

Emilio “El Indio” Fernández llevaba a cuestas dos centenares de películas en las que participó. Los antecedentes son tan vastos que podría escribirse una enciclopedia o más.

Precisamente en esos momentos filmaba Bajo el Volcán, filme basado en la obra de Malcom Lowry.

Bajo el volcán es una película de 1983, dirigida por John Huston, basada en la novela homónima de Malcolm Lowry y protagonizada por Albert Finney, Jacqueline Bisset, Anthony Andrews y Katy Jurado en los papeles principales. Obtuvo dos nominaciones a los Premios Óscar, al mejor actor principal (Albert Finney) y a la mejor música.

Fue una larga entrevista la que ahí, en Tetela del Volcán, tuvo lugar aquella ocasión. Enriquecedora disertación hasta que el tequila surtió efectos y, sin preámbulos, soltó a bocajarro:

No sé ni quién chingados eres. Lárgate o te mato.

Sin mayores explicaciones tomó de su funda una pistola y, amenazante, hizo una seña para que abandonáramos el sitio.

Estaba furioso. Obnubilado. Había perdido el control, los estribos y el recuerdo de que era una entrevista que se había conseguido con la intermediación de mi amigo Humberto Elizondo.

Cercanos a la escena, estaban René Muñoz (Tun Tun) y Hugo Stiglitz. Ambos intervinieron para tranquilizarlo. Y con pena ajena, recomendaron que nos retiráramos.     

Nacido en Mineral del Hondo, Coahuila, el 26 de marzo de 1904, Emilio Fernández Romo fue hijo de un general revolucionario y una mujer descendiente de indios Kikapú.

Esos indios que tienen la doble nacionalidad, mexicana y estadounidense. Que no necesitan pasaportes para cruzar la frontera.

Los kickapoos que habitan en El Nacimiento de Múzquiz, Coahuila. Indígenas que fueron reconocidos y protegidos por el Presidente Lázaro Cárdenas.

Tras la amenaza de aquel medio día, no hubo espacio para considerar seguir el diálogo. Sabíamos de su personalidad, el carácter impetuoso y la violencia que llevaba dentro.

Durante los últimos años de su vida, El Indio Fernández no volvió a dirigir.

A finales de los años 70 del siglo pasado, estuvo preso en Torreón, Coahuila, después de ser hallado culpable de la muerte de un agricultor. En uno de esos arranques, como el protagonizado en Tetela del Volcán, lo acribilló.

Fue liberado después de 6 meses bajo libertad condicional. La falta de firmas cada semana, debido a un accidente, provocaron que fuera encarcelado de nuevo.

Recuperó la libertad por la intervención del gobernador Óscar Flores Tapia. Emilio Fernández era un hombre apesadumbrado, que se refugió  en su casa de Coyoacán, donde vivió atado a la soledad.

La grandeza de su talento le permitió dirigir al firmamento de estrellas entre las que se encontraban Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Columba Domínguez y muchísimos más.

Un cineasta de  reconocida majestuosidad, quien al lado del excelso Gabriel Figueroa lograron situar a la cinematografía mexicana en los albores de la gloria.

Emilio “El Indio” Fernández fue el modelo para la elaboración de una estupenda estatuilla que conocida como El Óscar.

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