Opinión

Memoria fresca

Las palabras que se desgajaban con facilidad, revelaban el temperamento de quien las pronunciaba.

Eran tan fuertes como la fragancia, el olor que despedía el agua de colonia utilizada por ese hombre de recio carácter.

El diálogo, estaba enmarcado por el bullicio surgido en el Salón de Plenos de la Cámara de Diputados.

En la tribuna, un orador se desgañitaba para fundamentar y argumentar una posición política que no tenía razón de ser.

Anda perdido en su argumentación, fue el comentario dirigido a ese personaje de cabello acicalado y pulcra vestimenta.

Él, con gruesas gafas de notable aumento para reducir la miopía y el astigmatismo, esbozó una sonrisa sarcástica, socarrona.

Así andamos. Es el riesgo de que cualquier mequetrefe, sin formación ni cultura, se encarame en la vida legislativa, argumentó.

Al retomar la palabra, se le dijo: Ser diputado federal ya no es un orgullo.

Precipitado, como era, Salvador Robles Quintero apuró su respuesta:

La ignorancia los supera. Sienten ser salvadores de la Patria. Piensan que tener una representación popular es andar desarrapados y sin bañarse.

Pero es un dirigente de la izquierda, teóricamente preparado.

La respuesta, fue tajante:

Hay maderas que no agarran el barniz.

Y vaya que el comentario surgía de alguien que sabía de luchas estudiantiles y era experto en el debate.

Robles Quintero, legislador por el estado de Sinaloa, era un economista del Instituto Politécnico Nacional. Dirigente de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET).

En su larga carrera había sido subsecretario de la Reforma Agraria, secretario de Prensa del PRI en la campaña presidencial de Miguel de la Madrid, vocero de la industria cinematográfica, destacado militante de la Confederación Nacional Campesina (CNC).

Salvador era hijo de Lorenzo Robles, un líder campesino aguerrido y luchador social a toda prueba.

Durante su paso por la Secretaría de la Reforma Agraria había pronunciado un discurso incendiario en Anenecuilco, Morelos, la tierra que vio nacer a Emiliano Zapata.

La tesis principal era que ya no han había tierras que repartir. Que ya no podía ser una bandera de los ejidatarios. Que los campesinos ya no podían aspirar a tener más parcelas.

Eran mediados de la década de los años 80. Una etapa convulsa para sostener tales afirmaciones.

Sobra decir que las reacciones fueron lapidarias. Robles Quintero fue objeto de sarcasmos y ataques virulentos. Hasta que en un evento masivo del agrarismo, propio de los tiempos, vino la expresión presidencial de que, en efecto, ya no había tierras por repartir.

Pero aquella tarde de ambiente legislativo, Robles Quintero (un hombre al que se podía odiar o estimar, hasta en eso nunca términos medios) dejó correr un pensamiento que parecía fugaz:

En política, siempre debes tenerlo presente, tienes que inspirante en el campo, en las tareas agrícolas.

Ante el desconcierto, explicó:

Barbechar la tierra, arar, echarle fertilizante, regarla y cuidarla para tener una cosecha que alimente a la gente.

Y abundó: Cuando la política no rinde frutos que nutra al pueblo, fue una siembra fallida. Una zafra inútil.

Robles Quintero era polémico, pero definido y claro. Recurría a teorías que daban congruencia a la palabra con el actuar.

Sin dedicarse a la tauromaquia, era un ave de tempestades.

Como aquella que despertó, cuando durante una comida en sus oficinas particulares de la colonia Jardín Balbuena, a la que por cierto acudía su compañero de legislatura Luís Donaldo Colosio, soltó una frase contundente.

Estábamos presentes, Rodolfo Guzmán (el reconocido periodista de brillante talento y un inagotable efecto que repartía sin restricciones), uno de ellos. Martha Anaya soltó a bocajarro:

Salvador, tu líder Eliseo Mendoza Berrueto se va de candidato a gobernador por Coahuila. Estás en la lista de quienes podrían sucederlo.

Él atajó: está decidido, será Nicolás Reynés Berezaluce.

Ella insistió: Pero puedes ser suplente.

La respuesta, lacónica, nos dejó helados y luego fue motivo de comentarios y críticas:

Suplente, ni de Dios.

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