Opinión

¿Quiénes pagarán los cuantiosos daños de esta calamidad?

In Memoriam del Historiador y escritor Don Manuel Arellano Z.

 

La evaluación de la vida y la felicidad (u otras emociones y aspiraciones como el bienestar y la Justicia Social) ilustran diferentes horizontes de un mundo que navega en las aguas bravas de una crisis humana, según el Banco Mundial, entre 71 y 100 millones de personas se verán arrastradas a la pobreza extrema.

México entró a la antesala de la tercera década del siglo XXI en medio de una contingencia sanitaria, que nadie sabe, con certeza, cuánto durará.

Las previsiones con respecto a la economía mundial están sujetas a las grandes incertidumbres inherentes a la evolución de la pandemia y a las opciones sobre las políticas que aun deben determinarse.

Con respecto al crecimiento económico en 2020, el Fondo Monetario Internacional (FMI) revisó en abril sus previsiones anteriores a la pandemia de COVID-19 del +3,3 por ciento al -3 por ciento, con posteriores advertencias de que la situación seguía deteriorándose.

Las recientes previsiones del Banco Mundial y de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) indican una contracción de entre el 5 y el 8 por ciento, lo que supone la mayor recesión mundial desde la Segunda Guerra Mundial.

La plaga de Atenas en el año 430 a.C. se atribuyó al comercio; en 1347, la rata llevo a Cádiz el bacilo “Yersinia pestis” y se propagó por Europa, para 1353, la peste bubónica (negra) había ya matado a una cuarta parte (como mínimo) de la población europea.

El desastre sobre la economía se descargó sobre un sistema que ya estaba debilitado internamente y fue un impacto externo que contribuyó a desmoronarlo.

Semejante experiencia transformó espiritualmente a quienes la vivieron: para aquellas personas fue como presenciar el fin del mundo. Su impacto económico fue muy duro: la oferta de mano de obra se desplomó.

De pronto, los trabajadores del campo que hasta entonces habían ocupado el escalón más bajo del orden jerárquico, pudieron exigir mejores remuneraciones pero siguieron en la pobreza, pagando el costo de esa crisis económica. 

Siglos después doce millones de infectados y casi 600.000 víctimas mortales del virus hasta el 9/VII/2020 a nivel mundial, y con una previsión  para mediados de año, de una pérdida equivalente a 305 millones de puestos de trabajo en el mundo.

Lo que hay en juego no tiene precedentes, porque ha sumido al mundo en la crisis humana, económica y social más grave de la época moderna. Y porque esto significa mayor desigualdad y pobreza entre quienes en cada crisis y devaluación de nuestra moneda pagan las consecuencias de recuperación económica, ajustes y austeridad: Es urgente un plan de estímulo fiscal y monetario para contrarrestar las repercusiones sociales y económicas para la clase trabajadora y la clase media.

Y la pobreza no se reduce, sin embargo, a la falta de comodidades y al sufrimiento físico. Es también una condición social y psicológica: puesto que el grado de respeto y dignidad se aquilata por los estándares establecidos por la sociedad, la imposibilidad de alcanzarlos es en sí misma causa de zozobra, angustia y mortificación.

Ser pobre significa estar excluido de lo que se considera una “vida normal”; es “no estar a la altura de los demás”. Esto genera sentimientos de vergüenza o de culpa, que producen una reducción de la autoestima.

La pobreza implica, también, tener cerradas las oportunidades para alcanzar el bienestar. La consecuencia es angustia, impotencia, resentimiento y malestar, sentimientos que al desbordarse se manifiestan en forma de actos agresivos o autodestructivos o de ambas cosas a la vez y esto lo podemos observar en el incremento de los suicidios, que al parecer a las autoridades de la SSA no les interesa. 

  Esta pandemia ha mostrado de la forma más brutal, la extraordinaria inestabilidad y las injusticias de nuestro mundo laboral. Se trata de la destrucción de los medios de vida de la economía formal e informal (en la que se ganan la vida seis de cada diez trabajadores) hasta finales de abril 12 millones de mexicanos habrían perdido su fuente de ingreso (INEGI).

Antes de la pandemia, el desempleo y la falta de trabajo decente se manifestaban principalmente en episodios individuales de desesperación silenciosa.

Ha sido necesaria la calamidad de la  COVID-19 para sumarlos al cataclismo social colectivo que el mundo afronta hoy. Pero aunque era evidente: sencillamente, se optó por negarlo. En general, las indecisiones políticas, más que aliviar el problema, lo fueron agravando.

No es suficiente denunciar el creciente desempleo y la miseria obrera sin proponer un estudio de los procesos económicos operantes, así como la dinámica de la desigualdad en los ingresos del trabajo; ¿como se explica la explosión de la desigualdad salarial de miles de millones y la concentración de la riqueza en un pequeño grupo conocido como el privilegiado 1%.

¿Como se explica la diversidad de las evoluciones históricas observadas en los diferentes países sino es a través del colonialismo, la esclavitud y la explotación?

La pandemia ha obligado a muchos trabajadores al confinamiento y al teletrabajo desde el hogar, también ha enviado millones a la línea de desempleo.

Eso ha significado que los gigantes tecnológicos hayan respondido a una necesidad. El teletrabajo desde casa requiere estar bien equipados con alta tecnología para que la gente se comunique remotamente.

Tan es así que el volumen de producción y venta de esas empresas ha aumentado la riqueza de sus jefes y, como consecuencia, América ha ganado casi 30 nuevos multimillonarios desde marzo, una realidad paradójica nuevos multimillonarios frente a millones de nuevos pobres; y no es queja ni envidia, sólo comentamos lo que es la profunda desigualdad en la era del infocapitalismo o neocapitalismo.

¿Cuáles son los órdenes de magnitud de la desigualdad contemporánea? ¿La desigualdad que separa a los pobres de los ricos entre países y dentro de los países, puede medirse mediante una brecha de ingresos que van de 1 a 2, de 1 a 10 o de 1 a 100?

¿Cómo comparar estas brechas con las desigualdades observadas en el tiempo y en el espacio? ¿Estas brechas eran las mismas en 1950, 1900, 1800? ¿El desempleo se convirtió en los países occidentales en la década de 1990 en la principal desigualdad?

El FMI puso a México en la lista de los países con la peor caída económica en 2020. Y eso significa mayor austeridad, desempleo, desigualdad y pobreza.

Tres escenarios posibles para la recuperación en el segundo semestre de 2020: de base supone un repunte de la actividad económica en línea con las previsiones actuales, el levantamiento de las restricciones en el lugar de trabajo y la recuperación del consumo y de las inversiones.

Pesimista asume una segunda ola de la pandemia y el regreso de las restricciones, lo cual ralentizaría la recuperación de manera significativa.

Y optimista asume que las actividades de los trabajadores se reanudarán rápidamente, impulsando de manera significativa la demanda agregada y la creación de empleos.

El resultado a largo plazo dependerá de la trayectoria futura de la pandemia y de las decisiones políticas de los gobiernos; las decisiones que sociedad y gobierno adoptemos.

Ahora repercutirán durante los próximos años y más allá de 2030. No podemos equivocarnos, los planes de recuperación deben establecer, desde el principio, las bases de la «mejor normalidad» que queremos.

La base de la estructura piramidal de las clases sociales, la trabajadora y la media-media, grupos sociales que han dado fuerza al desarrollo y a la economía, repiten la historia; los durísimos embates de la pandemia en tres rubros: en salud, economía y la creciente desigualdad contra lo que históricamente han luchado, como en cada crisis les obliga a dar pasos atrás.

Ante los estragos de esta calamidad, las conquistas sociales de los trabajadores, se ven amenazadas. Y los movimientos que vendrán con la “nueva normalidad” sin que exista entre ellos hasta ahora ninguna coordinación, serán rebeliones contra una política que adopta formas diferentes según los países, aunque siempre inspirados en la misma intención, destruir derechos sociales, que son, dígase lo que se diga, algunas de las máximas conquistas de justicia social.

Esas conquistas que hay que universalizar, en lugar de tomar el pretexto de la austeridad, para cuestionarlas. No hay nada más natural ni más legítimo que la defensa de esas conquistas que algunos quieren presentar como una forma de conservadurismo o arcaísmo.

¿Se condenaría como conservadurismo la defensa de las conquistas culturales de la humanidad, de Kant o Hegel, de Mozart o Beethoven? Las conquistas sociales a las que me refiero, derecho al trabajo, seguridad social, no sobreviven únicamente en museos, bibliotecas y academias, sino que están vivas y activas en la vida de l@s trabajador@s.

Indigna escuchar a los aliados de las fuerzas económicas más brutales, condenando y calificando de <privilegios>, las conquistas de todos los hombres y todas las mujeres que aspiran a un mundo mejor.

Y aunque este gobierno no los escucha, paradójicamente, parte de los trabajador@s y clase media- media votó por el actual presidente, y serán finalmente quienes paguen la multimillonaria deuda que dejarán los titubeos políticos para enfrentar la pandemia .

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