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Higiene laboral… la historia de los trapos de los barrenderos

Son las cuatro am. El punto de partida es cualquier vivienda popular de la periferia de la Ciudad de México. Israel tiene 47 años. Desde hace más de dos décadas Óscar es integrante de alguna de las cuadrillas de limpia que van por las calles de las más de mil colonias de la urbe más grande de habla hispana. Se mira en el espejo. Gel en el cabello, desodorante. El espejo le recuerda que en la mesa del modesto comedor unas monedas esperan por él. Las tomas, se las lleva al bolsillo. Más de 30 pesos en morralla que servirán para su traslado – a través de dos rutas- de aproximadamente 50 minutos.

Antes de salir, poco falta para que den las cinco am. Se coloca su gorra, llaves… Se dirige a la cocina, algo falta. Ahí está, ya seco, el trapo verde que no más de diez horas antes lavó. Lo guarda en una bolsita.

A las 6 am llega a su destino. Un centro de transferencia de basura. Se encuentra con sus compañeros que formarán cuadrillas. Reciben indicaciones, se visten el uniforme naranja, hombres y mujeres, sobre sus ropas con las que han salido de casa. 

Armados con chalecos distintivos de su actividad y guantes de carnaza, los trabajadores han sido organizados. Unos irán a la recolección de basura a bordo de camiones, otros deberán llevar escoba, recogedor y empujarán carritos de seis ruedas. 

La jornada arranca en la alcaldía Cuauhtémoc, con sus 33 colonias. Comienzan en la Condesa, que por estas fechas es un barrio fantasma. 

El bullicio que lo caracteriza sólo lo pudo callar una pandemia: el coronavirus. 

Atestada de bares, antros, cafés y restaurantes, La Condesa luce en silencio el martes 7 de abril.

La campanilla se hace sonar. Arriba el camión a la calle Yautepec, casi esquina con Fernando Montes de Oca. A unos pocos minutos, Miguel y sus compañeros comienzan a recibir bolsas biodegradables con todo tipo de desperdicios, cajas de cartón de la comida chatarra o fast food. Pet de agua, de jugos, botellas vacías de vidrio y un largo etcétera en el que se cuela una fruta aún comestible.

Miguel rescata una manzana. De su bolsillo, tras recibir la basura vecinal, saca su trapito que una noche antes lavó en casa. Limpia cuanto puede la fruta y le da una mordida. Está jugosa, le sabe a gloria.

“Así es en este trabajo. Rescatamos lo que se ve que nos podemos comer. Yo traigo este trapito desde hace mucho, durante todo el día. Si ya no puedo usarlo, pues con periódico limpio lo que puede servir”, dice a RS Sindical y a quien se le aborda a punto de partir hacia otras colonias.

¿No te dan miedo las infecciones?

“Estamos expuestos a todo. Somos el sector de la actividad esencial en esta pandemia. No podemos parar, para nosotros esto es el doble. La recolección de basura se ha incrementado hasta en 30 por ciento. Recogemos ahora de todo. ¿El coronavirus? Sí da miedo, pero no podemos seguir el “quédate en casa”.

Advierte junto con sus compañeros que les haría muy bien que las autoridades de las alcaldías, es decir, sus alcaldes, todos, los 16, destinaran los recursos para que nos den equipo de protección. Mascarillas, par de guantes de látex, no de carnaza, que, indican, son un transmisor seguro de virus y bacterias.

“Pedimos, hoy, que nos den cloro, gel. Pero el uso del trapito es una costumbre con la que tenemos mucho cuidado”, asegura.

Pero lo preocupante es en este momento, enfatiza Óscar Villalpando.

“Somos un servicio sustantivo. No podemos parar. Y aquellos que pararon en las oficinas no lo han hecho en los hogares. Allá nos dirigimos y la recolección de desechos ha aumentado en 30 por ciento”, expresa Óscar junto con compañeros.

Hace un recuento de las enfermedades que aquejan a sus compañeros.

En la emergencia sanitaria declarada a mediados de marzo, las autoridades del gobierno federal dejaron en claro que toda aquella persona con padecimientos de diabetes, hipertensión y cualquiera que se encuentre en situación de riesgo debían ir a casa, del sector que fuera, pero sin decirlo, los trabajadores de limpia quedaron excluidos de la medida.

“Tenemos compañeros, hombres y mujeres, que padecen justamente diabetes e hipertensión, y otras enfermedades graves, para la pandemia que enfrentamos, están en la línea del contagio, en la línea del riesgo por coronavirus y otros padecimientos”, señala Óscar.

Aunque cuentan con servicio médico, hasta ahora es el sector de la actividad esencial de los servicios públicos que no tiene signos de contagio y no ha tenido que acudir a revisión hospitalaria.

Asegura que están monitoreados todos los días por si presentaran algún síntoma relacionado con la COVID-19.

¿Dónde comerán los trabajadores de limpia este día, este día que es uno más en el aún largo camino que falta para volver a la realidad citadina? –se le pregunta.

“Pues ahí se comprarán, o compraremos, tortillas, y todo lo que lleva un taco placero. De eso es normal, y esto nunca falta

–Pero esto es lo que los lleva a una condición de salud adversa…

“Los que están enfermos, ya están enfermos. Y lo curioso, dice Óscar, que no llegamos a enfermarnos de infecciones, los que nos preocupa ahorita sí es el coronavirus y que más que las autoridades no nos den equipo de protección”.

Y más bien –dice– el peligro está en los que van al volante los fines de semana, antes de esto.

“He sabido de compañeros que han muerto atropellados o por lo mismo han quedado amputados de alguna de sus dos piernas o sus brazos. Tenemos carpetas y carpetas abiertas por accidentes, en las que el o los culpables están libres”.

Óscar apura la conversación. Recibe la última bolsa, dentro van pedacitos de vidrio. “Esto es lo que sí nos arriesga más allá del trapito que aquí traigo, y en lo que usted se fija. Ojalá la gente nos cuidara, que nos dijera que en esa o esta bolsa van vidrios o jeringas. Hay muchos inconscientes. Y también, pues dicen que vamos a la Fase lll de esta pandemia mundial, pues que las alcaldías nos den la protección. Cubrebocas y guantes. Sí se necesitan. O mascarillas completas”, reclama en su justa medida, porque ahora ya no hace dos viajes, éstos se han también duplicado en la ciudad apertrechada por la amenaza del coronavirus.

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